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jueves, 5 de noviembre de 2009

Luz y Fuerza. Corrupción y Liderazgo

“Business leaders have the difficult task of acting as role models every hour of every day”
(Andrew Brown)

Una de las razones que el gobierno esgrime, tanto en discursos como en anuncios comerciales transmitidos en tiempo oficial (nuestro) a través de los medios masivos de difusión, para la extinción de Luz y Fuerza es la corrupción de los trabajadores y del sindicato.

Calderón recurre en cantidad a este argumento porque es el que más le llega al ciudadano común: al que tuvo que soportar las enormes filas y el mal trato de los empleados de ventanilla de Luz y Fuerza; al que se enfrentó a la disyuntiva de ofrecer algo “para los refrescos” a los trabajadores de campo de esta empresa para que le solucionaran su problema técnico con rapidez, o esperar a que el proceso se ejecutara de acuerdo a tiempos burocráticos.

Rara es la persona que no se queja del servicio eléctrico; aunque cabe mencionar que lo mismo se aplica para los usuarios de otros servicios públicos y privados. Yo mismo recomiendo con frecuencia a los clientes de la consultoría, la instalación de equipos de respaldo y de filtrado para protección de sus centros y equipos de cómputo, en virtud de la mala calidad y de la poco confiable disponibilidad del suministro de energía eléctrica. Eso sí, la recomendación se hace tanto a los clientes de Luz y Fuerza como a los de la Comisión Federal de Electricidad.

Más aún: la corrupción no es privativa de los organismos públicos. También existe en el sector privado e incluso en las empresas trasnacionales. Solamente que los mecanismos de control que se establecen para proteger los intereses de los accionistas reducen el margen de acción de los transas (o “bizneros”, como en ese ámbito se les denomina). Una vez salvados los intereses de los accionistas, la corrupción es tolerada y, aunque sea de manera tácita, alentada.

No olvidemos que una de las lecciones más interesantes de la apertura telefónica fue el by-pass o “tráfico gris”; es decir, el proceso técnico en el que los operadores de larga distancia con capital extranjero cambiaban el número de origen de una llamada internacional proveniente de otro país, por un número local. La disfrazaban de una llamada local para no pagar a Telmex el costo de terminación de llamada internacional (un costo exagerado si se comparaba con el otros países, pero legal a fin de cuentas). Corrupción que ahí se llama business y no tranza.

De cualquier modo, realmente sería una falsedad afirmar que en Luz y Fuerza (como en otras empresas) no hay corrupción. Y menos ahora que Televisa y TV Azteca se han encargado de recordarlo de manera constante a sus televidentes. Por esto sería interesante preguntarnos el porqué de la omnipresencia de la corrupción en nuestras organizaciones.

La explicación más facilona, y por ende preferida de los locutores, es recurrir al malinchismo, que culpa a los mexicanos quienes por definición son corruptos, o a su complemento, el chovinismo que lo presume como si fuera una virtud de nuestro pueblo.

Históricamente, podríamos encontrar las raíces de esta mala costumbre en la desobediencia que los encomenderos españoles presentaron frente a las Leyes de Indias promulgadas por sus monarcas, al otro lado del Atlántico. Su cínico argumento persiste todavía en la moral de los corruptos: “Las leyes son para respetarse, que no para cumplirse”.

Socialmente, la corrupción ha encontrado un campo fértil en una sociedad en la que las diferencias sociales son abismales, en la que el poder económico se valora sobre el resto de las cosas, y en la que prácticamente las únicas vías de movilidad social que quedan disponibles son la corrupción y la delincuencia.

Pero como tenemos un gobierno empresarial al que le importan un comino la historia y la sociología (Fox era un lector, de libros de mercadotecnia, según su encargada de cultura), busquemos la explicación en los libros de administración de empresas, dentro del tema de liderazgo.

Por lo que toca a los teóricos del liderazgo, tanto John Adair (Liderazgo centrado en la acción), como Hersey & Blanchard (Liderazgo situacional), Tichy (Motor del liderazgo) y Collins (Liderazgo Nivel 5), coinciden en que el líder tiene unas responsabilidad muy alta hacía la organización por sus actos, pues de una u otra forma incide en el comportamiento tanto de la empresa como de cada uno des sus miembros.

Esta influencia puede ser muy subliminal, tácita, como la que ejercieron sobre nosotros algunos profesores en temas ajenos a la materia que nos impartían. Puede ser explícita y buscada, como intentan la mayor parte de los políticos; o bien, llegar al grado de institucionalizarse mediante procesos o procedimientos. Así, la mayor parte de los conservadores buscan que los demás seamos tan santos como ellos no solamente con su ejemplo (bueno; Fox, Creel y Pancho Cachondo no cuentan), sino con la imposición de leyes que penalizan el aborto y los comportamientos sexuales diversos.

Como se puede desprender de los ejemplos anteriores, la influencia tiende a ser más fuerte cuando el afán de influir no es tan ostensible. Si mi padre fue trabajador, es muy probable que yo lo sea, aunque jamás me lo haya dicho explícitamente. En cambio, la búsqueda por influir solamente funciona cuando hay una congruencia entre el decir y el hacer del líder. Mao pudo pedir y lograr que millones de chinos trabajaran tan o más duro que él, porque él era congruente con su discurso. No me imagino que el adúltero de Fox (según su biblia católica, pues vive con otra mujer cuando la primera aún vive) pueda imponer a la familia nuclear monogámica y heterosexual como única posible.

Las acciones del líder permean más rápido hacía los niveles debajo de él que su discurso, congruente o hipócrita. Un líder con visión hacía adelante, influirá para que la organización avance; uno con visión conformista, alentará o detendrá el progreso. Un líder honesto hará más infrecuente y difícil la ejecución de actos indebidos; uno corrupto, enseñará, quiera o no, una doctrina de corrupción a los niveles inferiores.

No solamente las influencias explícitas llegan a materializarse en procedimientos y leyes, también las tácitas. Pero como son implícitas y, en el caso de la corrupción, indecibles, no se graban en leyes sino que se institucionalizan en procesos y procedimientos que la permiten. El ejemplo más inmediato es el “entre” en la policía: la cantidad de dinero que los oficiales deben pagar cada turno a sus superiores, y de la que estos a su vez, pagan parte a sus comandantes. No está en el reglamento interno ni en el manual de procedimientos. No obstante, prevalece porque no hay mecanismos efectivos que lo impidan.

De manera más discreta, esto ocurre en el resto de las organizaciones, con especial énfasis en las públicas. No está escrito que se deba ser corrupto, pero es más fácil serlo que no. ¿Cuál es la responsabilidad de los líderes de las organizaciones? ¿Permear un espíritu de honestidad o de corrupción? ¿Establecer, con el poder que les da el puesto, procedimientos que impidan la corrupción, o que la permiten y alienten? ¿Recibir su parte del “botín de guerra”, o quizás dejar que los de abajo roben centavos para que él tome los pesos?

Regresando al caso de Luz y Fuerza, ¿la corrupción de los empleados era resultado de su innata maldad y de la malsana protección del sindicato? En tantos años de no extinción, ¿qué hicieron los líderes nombrados y pagados por el gobierno para cambiar esta situación? ¿Qué permearon hacía abajo? ¿Honestidad, corrupción o valemadrismo?

Sinceramente, no creo que Luz y Fuerza sea un caso excepcional que no quepa en los libros de liderazgo que nos ha traído la globalización.

jueves, 29 de octubre de 2009

Los extraños cálculos financieros de Felipe Calderón

La edición de hoy, Martes 27 de octubre de 2009, de La Jornada da a conocer los documentos Informe de la desincorporación mediante extinción del organismo descentralizado Luz y Fuerza del Centro, y Diagnóstico de Luz y Fuerza. A pesar de que los documentos tienen una clara tendencia a culpar a los trabajadores de la quiebra no declarada de esta entidad, no pueden evitar mencionar que la mayor proporción de los costos de la empresa caía no en la nómina, sino en su proveedor más importante, que resulta ser otra empresa del mismo dueño: la Comisión Federal de Electricidad. La facturación de este proveedor ascendía a más de 100,000 millones de Pesos y, dado que por decisión del mismo dueño, Luz y Fuerza del Centro debía vender la energía a él comprada a un precio notablemente inferior, había una pérdida de cerca de 40,000 millones de Pesos. En números fríos: lo que CFE facturaba en 1.38 Pesos, Luz y Fuerza lo vendía en 0.98 Pesos a los usuarios comunes, y en 0.45 Pesos a los clientes preferenciales . La rentabilidad de estas operaciones era, para efectos prácticos, cuasi-lineal con una pendiente negativa; en lenguaje llano: a mayores ventas, mayores pérdidas. Suena absurdo, sino que estúpido, para un gobierno que representa a los empresarios y que supuestamente se guía con un lógica de rentabilidad económica.

No obstante, la historia tiende a repetirse cuando los protagonistas no la conocen y mucho menos ejercen su papel histórico. En los años cincuentas les tocó a los ferrocarriles; tampoco eran negocio. Solamente que el sindicato de ferrocarrileros, encabezado por el admirable Demetrio Vallejo, descubrió la razón de falta de rentabilidad: a las compañías mineras privadas (extranjeras en su mayoría) se les cobraba el transporte a una tarifa por debajo del costo. También se establecía una función lineal decreciente: a mayores ventas, más grandes las pérdidas. El sindicato, más preocupado que el dueño por la rentabilidad de la empresa, propuso que el gobierno (el pueblo) no subsidiara mas a estos empresarios que no únicamente saqueaban nuestro subsuelo, sino que además eran beneficiados por tarifas de transporte incosteables. No tengo duda alguna de que esta propuesta, junto con las prestaciones y condiciones dignas de trabajo que Vallejo buscó para los trabajadores ferrocarrileros, lo llevaron a la cárcel por más de 11 años.

Sobre este particular queda una pregunta en el aire: suponiendo que el gobierno tiene éxito en su objetivo de desaparecer a Luz y Fuerza (cosa probable mas no segura, dada la resistencia social que ha encontrado y los defectos jurídicos de la acción misma), ¿qué va a pasar con las tarifas preferenciales que Luz y Fuerza ofrecía a sus clientes preferenciales? ¿Se las actualizará la Comisión Federal de Electricidad en el siguiente recibo? Partiendo del supuesto de que al CFE, por ser “una empresa eficiente y de clase mundial”, obtuviera un margen de 20% con la venta de energía a LyF (107 millones de Pesos), sus costos andarían cerca de 85,600 millones. Para que LyF perdiera 40,000 millones en esas transacciones, no pudo haberlas facturado en más de 77,000 millones de Pesos. ¿Quiere decir que ahora la CFE va a incrementar las tarifas a esos clientes consentidos al menos en un 15% para no salir tan afectada? ¿O la CFE va a tomar un negocio al que antes la ganaba más de 20,000 millones para ahora tener una pérdida superior a los 8,000? ¡No vaya a ser que después también resulte incosteable y tengamos que venderla a la iniciativa privada!

Adicionalmente, el dueño de Luz y Fuerza había decidido otorgar crédito a determinadas cuentas preferenciales. El resultado actual es que a Luz Fuerza sus clientes principales le adeudan más de 12,000 millones de Pesos. Nuevamente la pregunta: ¿CFE va a cobrar esos adeudos en un plazo menor a un año? O ¿los va a renegociar para que esos clientes consentidos paguen como buenamente vayan pudiendo? Sabiendo la identidad de esos clientes, mucho me temo que la opción que tomará la CFE será ésta última.

Sumados a las pérdidas ocasionadas por el absurdo (desde el punto de vista de rentabilidad monetaria, empresarial) de vender la energía a un precio menor al que se adquiere, suman más 50,000 millones Pesos; muchos más de los famosos 40,000 millones que, según Calderón, obligaron al gobierno a extinguir la empresa.

Y ya con la calculadora en la mano, podemos considerar las generosas liquidaciones con premio para los cedan más rápido a la presión económica y/o a la codicia. Para evitar perder 40,000 millones, el gobierno está dispuesto a erogar entre 20,000 y 30,000 en liquidar a los trabajadores de LyF. Añadimos adeudos de clientes consentidos (12,000 millones), pues no veo ese pago en el horizonte cercano, y la pérdida que asumiría la CFE al tomar el pésimo negocio de LyF (8,000 millones) y nos acercamos a la nada deleznable cantidad de 50,000 millones de Pesos. ¿Gasto 50 para no perder 40? ¿Dónde está el beneficio financiero de la operación? ¿Cuánto ganamos los contribuyentes por la pérdida de una de nuestras empresas? ¿Menos 10,000 millones de Pesos? ¡Vaya cálculo de altas finanzas!